sábado, 29 de agosto de 2009

Jaibas azules (Pilar Dublé Lain)

Con el pretexto del cafecito nos detenemos a estirar las piernas. Los tarantines brindan de día comida aromosa. Más tarde albergan amores mercenarios de negras espléndidas, carnes oscuras y lustrosas, el sudor les corre entre los pechos de chocolate. Proseguimos el viaje para atravesar cocotales elevados y largos, hasta que aparece la sierra de grises verticales, justo antes de la albufera bullente de pájaros y garzas. Al final la playa frente a islotes de coral, mar de verde naufragio, verde vidrio, azul flor y lavanda crudo  al alcance del peñero.
Noches de cristal negro y  estrellas vivas. Peyito, Jesús y Deyanira son del pueblo. Yurubí  y Samira, las hermanas de Adelso, y  yo, somos visitantes de cada Semana Santa, Agosto y Navidad. Entre cervezas echamos cuentos buenos de oír, mirando el mar color petróleo y escuchando boleros de tristezas añejas frente al malecón. Chismes, amores, juegos de palabras. La brisa permanente y dura de los alisios penetra,  agosta, se lo lleva todo: la piel de la cara, la lasitud del fornicio, el paño festoneado que cubre el desayuno en la cocina, el calor  de horno. Pienso con celos que embiste y atenta contra el pubis y los pechos de Deyanira, la más deseada.
Peyito cuenta cómo se fabrica la casa paraguanera, flexible, dócil, que se mueve y cimbrea bailando pegadito con el viento, para no desafiarlo. El viento se lo lleva todo, menos la casa paraguanera. Arrastra consigo hasta la paz de los sueños, pues el mar, con el fuete de la brisa, es estruendoso. Alguien grita desde un hotel: "¡¡Apaguen ese mar, coño, a ver si se duerme por fin!!". Yo estaba detrás, en el patio, con Deyanira. La besaba, pero no abrió para mí sus labios de meandros obscuros y dulces como el cacao caliente. Su cintura me recibe desnuda donde termina su camiseta corta. La abarco con las manos, meciéndola para amansar a la hembra, mis pulgares en su ombligo...
Jesús nos llamó entonces, mirando la lluvia que ya se iba. Dijo que era buena la noche para pescar jaibas y hacer una sopa humeante, que haría que los bobos descubrieran el agua tibia y que los lerdos escribieran odas a la guerra. Nos vamos hasta la albufera, apiñados en el carro, provistos de un tobo grande,  optimista, palos en ristre y tapas de ventiladores para atrapar los animales y dejar el agua.
La Guardia Nacional cuida la reserva, y a veces se ponen brutos. Ocultamos el carro entre árboles muertos, que hablan del límite en la última inundación. Estaba presente la  gran luna, amiga de Jesús, que no sale a pescar sin ella: "la luna no bebe, pero alumbra, y nos sigue por la izquierda, calladita", dice. Agazapados todos, asombrados los novatos, caminamos mucho, hasta el fondo del fondo. La albufera es un laberinto  de sinuosas lagunas que confluyen, crecidas por la lluvia y revueltas, llenas de insectos y claroscuro de luna. Amasando la arena y el agua, los pasos rebotan en el silencio. Bajos donde nos hundimos entre  risas tontas hasta los muslos. Grupos de árboles sumergidos y fantasmales cobijan bandadas de flamingos, juntos y quietos, con ojos que brillan de desconfianza.
Jesús nos hace señas y seguimos hasta un sitio despejado, con fuerte olor a pescado muerto. Hay hambre y gula. Nos sentimos torpes, amedrentados además, pues las jaibas están armadas, son ágiles como monos y plantan cara. Eso como que no lo sabe Jesús, o no lo dijo. Habla poco. Entre el barro y el agua revuelta, no se ven pero se sienten. Rozan, reptan, duras y agudas sobre los pies desnudos. Una de ellas se prende a mi pié derecho. El dolor me quema. Pateo y bramo desesperado, aunque Deyanira se ría de mí. Cobarde, me dicen. El cangrejo que me tortura sale  despedido y cae el en la arena del borde. Ahora saben porqué grito: es enorme. Se recobra, se alza y me mira. Goliat me mira. Los ojos le salen punzantes, negros,  oblongos,  de  las  cuencas  que  los alojan en la calma.
Esgrime sus macanas, al tiempo que estira las patas y se pone como de puntillas para parecer mayor. Me acerco para vengar el dedo que sangra y mi honor, el ansia retaliadora  proporcional a la longitud del palo, que si fuera corto, me lo pienso más. Golpeo repetidamente hasta dejarlo inmóvil y abierto como una mano.
Aprendimos luego a hacerlo con más gracia y menos aspavientos. Y llenamos el tobo. El regreso es largo y  silencioso. Ahora es cuando nos pueden pescar a nosotros delinquiendo y la carga pesa un horror.
Ya en la cocina, con limones hacemos un festín jugoso y punzante. Partimos las macanas con las muelas, y queda un huso de carne nacarada, tersa y dulzona...
Jesús nos deja saber su sentir:
—Soy un cazador, asesino y caníbal. Igual que la jaiba azul.
—¿Caníbal? ¿Se devoran entre ellas?
—...más o menos.
La carne que  obtuve con esfuerzo llena mis sentidos. Oigo cada macana romperse, veo mis dedos que la desmembran, huelo y saboreo su carne. A Goliat en particular le palpo las púas que se clavaron en mi dedo tumefacto. Me gusta pensar mientras mastico los músculos que usó para herirme, que aún está en cierto modo vivo, sólo para mí. Lo dejo caer en la olla donde hierven los otros cangrejos junto con cabezas de pargo, ñame, ocumo grumoso y ají dulce.
Al terminar con las macanas, nos servimos y se concretó la promesa: una sopa mágica. Para oler y mirar, tanto como para comer. En mi plato, Goliat me afronta de nuevo con ojos opacos. Nadie me lo disputó. Saben que es asunto personal.
Dos días después llovió sin parar durante catorce horas. Nos quedamos cada quien en su casa. En el patio cubierto vecino a la mía rezan el rosario en grupo. Voces que se mecen, lluvia que adormece. El viento se ha detenido por algún motivo inexplicable. El calor es intolerable. Exudamos un sudor persistente y denso que es como moverse sumergido en miel tibia. Hasta el vidrio es pegajoso en las ventanas cerradas. Se va la luz y encendemos tres velas. El  calor entonces aumenta y se hace sólido en torno a las llamitas.
En la madrugada, Nolito casi tumba la puerta a golpes de puño. Perdió en estas horas esa sensualidad de tritón que llega apartando las olas, altivo dios negro del peñero que en sordina me disputa a Deyanira. Trae noticias atropelladas, al final de la cadena del boca en boca: inundación. Arrastró varias casas, la de Don Peyo, el padre de Peyito, también. Cadáveres rescatados desde los filtros agudos del coral en los islotes. Desastre. El agua se llevó muchas cosas. Por eso se detuvo el viento. No quiere culpas.
También se desmigajó, como de galleta, un tramo de la vía que rodea la albufera. Por allí se precipitó un automóvil. Encontraron dos cadáveres sentados aún, con el agua al pecho. Estaban cubiertos de jaibas azules, que se alimentaban.

sábado, 11 de julio de 2009

Cuento cruel (Eduardo Jauralde)

Primer premio del Certamen Internacional de Narrativa "La Barca de la Cultura 2009" (tema libre)
Él sale muy tarde, pasadas las doce del mediodía. Con pasitos cortos, sin apenas alzar los pies del suelo, cruza el patio ajardinado y se dirige hacia el portillo… (enlaza al relato pinchando aquí y luego, si quieres, puedes regresar y dejar tu comentario)

Llueve (Javier Luque)

Segundo premio del Certamen Internancional de Narrativa "La Barca de la Cultura 2009" (relato romántico)
Llueve. Artemisa ve caer el torrente por los cristales y, amortiguado, oye el tableteo tenaz sobre el suelo del patio… (enlaza al relato pinchando aquí y luego, si quieres, puedes regresar y dejar tu comentario)

viernes, 8 de mayo de 2009

La plaga (Lila Daviña)

El hombre salió al jardín. La linterna iluminó el cuadrado de césped y las matas de flores pegadas al tapial. Después de la muerte de su mujer, era él, Alfonso Romero, notario jubilado, quien se encargaba de cuidar las plantas y de proteger los rosales del ataque de las hormigas.

La vio de pronto explorar el terreno con sus antenas dispuesta a saltar: las alas cerradas que se abrieron en hélices batientes y veloces en el aire fresco de la noche. Después, esas mandíbulas insaciables devorarían alguna de sus plantas.

Alumbró los arbustos y los canteros, pero ya no estaba a la vista. Sintió temor: si había una, seguramente otras aparecerían a la brevedad.

Miró una vez más el jardín, entró a la casa por la puerta trasera, que crujía y, como tantas veces, se prometió aceitarla. La cocina estaba en orden; por costumbre se aseguró de que la llave del gas quedara cerrada y recién entonces subió las escaleras. Arrastraba los pies en deformadas zapatillas de paño. Con un leve jadeo ingresó al dormitorio y descalzo entró a la cama vacía. Tanteó la perilla del velador y apagó la luz.

El perfume de las rosas entraba por la ventana.

Esa noche durmió poco y mal.

Se sentía viejo y cansado. Se sentía solo.

A la mañana siguiente lo despertaron risas en la casa de al lado. Desde el piso alto veía o, mejor dicho, adivinaba las siluetas de la pareja joven y de la niñita de moño azul.

Su esposa los había querido y a veces les llevaba torta de limón; así era su mujer, amable y generosa aunque él siempre le reprochaba un poco la curiosidad. Alfonso Romero simpatizaba con esos jóvenes vitales que, sin embargo se mostraban poco comunicativos con la gente del barrio; tenían una biblioteca hecha de cajones: las maderas endebles se arqueaban bajo el peso de los libros. Su propia estantería no era lujosa pero las tablas de roble resistían el mundo de los clásicos y las novelas de amor de su mujer. En una charla, a raíz de la devolución de un texto que le había prestado, el muchacho expresó su admiración ante los estantes colmados y agregó que ellos hacían bibliotecas con cajones de manzanas, porque eran baratos y fáciles de desarmar. Y agregó: "Nos mudamos seguido".

No preguntó por qué –no era curioso-. Sabía que a menudo recibían amigos y leían apuntes que él no alcanzaba a oír, pero desde la planta alta los veía discutir con vehemencia o reír en forma despreocupada. Eran jóvenes de vaqueros, muchachas de pelo largo. Estudiantes, sin duda. Desenvueltos, vivaces. Él mismo se sentía menos achacoso al mirarlos; se acordaba de sus épocas de reuniones anarquistas con una oscura nostalgia; cuando todavía tenía preocupaciones sociales, antes de que los rituales de expedientes y escrituras firmadas le fatigaran el alma.

En ocasiones se oían rasguitos de guitarras y el mate pasaba de mano en mano.

Recordó que unas semanas antes tres muchachos habían entrado cajas grandes de cartón; era de madrugada y como siempre que lo acosaba el insomnio se levantaba a oscuras a mirar el jardín y los alrededores. Le llamó la atención la hora, el sigilo de los visitantes, la puerta que se abría y cerraba de inmediato. Ese día y el siguiente, las persianas permanecieron bajas y no oyó risas ni música. Después todo siguió igual; él no los veía con la antigua frecuencia de cuando su mujer horneaba tortas de limón y les llevaba una en el plato azul de loza, tibia aún y cubierta con la servilleta blanca.

Movió la mano como si ese pequeño gesto bastara para espantar los recuerdos y salió como de costumbre a hacer las compras mínimas: un litro de leche, yogur, un bife, verduras para el caldo.

El barrio estaba como siempre: casas de una y dos plantas, verjas bajas de hierro o madera, jardines pequeños… El otoño se demoraba y no se veía el vaivén de las escobas amontonando las hojas amarillas de los fresnos.

Entonces descubrió al hombre que caminaba por la vereda tranquila. No era de de esa zona , podría asegurarlo, y su andar le causó temor: una mezcla paradójica de cautela y depredación. Nunca vienen solos, se dijo, pero apartó el pensamiento amenazante y entró al mercadito donde un olor a verdura fresca, a duraznos maduros, a salchichas (que tenía prohibido comer) y a pan tibio le endulzó el alma.

Al regresar, su rutina fue la misma: rutina de un hombre solo. Burbujeaba el caldo en la olla de aluminio; crespa y verde, la lechuga adornaba el plato con el tomate en gajos.

Comió y no quiso salir al jardín. Pasó la tarde entre sus libros y encendió el televisor para oír las noticias de siempre. Nunca dicen todo ni lo más importante, pensó al mismo tiempo que recordaba la caminata por el barrio y la sensación de ser vigilado. Movió la mano y agitó la cabeza como si esos gestos mínimos bastaran para ocultar la desazón agazapada.

Sin que se diera cuenta llegó la noche y con ella la recorrida por el patio. No llevaba la linterna. Quizá por eso sintió que no estaba solo: hojas susurrantes, un aroma de miedo en la rosa blanca trepadora, un sudor viscoso en el diegodenoche.

Con recelo abrió la puerta y la cerró después con cuidado; subió las escaleras, pero no prendió la luz del dormitorio.

A oscuras, de pie frente a la ventana los vio. A veces, ahora más senil, piensa que imaginó la escena, pero algo le dice que no. Fue el ruido de sillas arrastradas y la mesa volcada, una bota que pateaba libros caídos de la endeble biblioteca agonizante. Vio las entrañas de los almohadones apuñalados: espuma blanca en un infierno absurdamente infinito. Supo que lo que él no había querido oír, las voces clandestinas que murmuraban secuestros y allanamientos eran una certeza: de un lado las bombas caseras, la dinamita robada, los panfletos; del otro, las torturas y cigarrillos encendidos sobre cuerpos adolescentes, la picana en los genitales, las capuchas y los ahogos.

Todo eso miró y pensó. Se vio a sí mismo, una piedra callada y mojada por una orina tibia y olorosa a miedo.

No vio a la pareja ni a la niña. En el suelo, entre páginas desgarradas, la cinta azul.

Las voces se alejaron y un motor se puso en marcha. Después, el silencio.

Se acostó tiritando y mojado de su propio espanto entre las sábanas frías sin mover las manos para espantar tanto horror.

Supo lo que encontraría en el jardín cuando amaneciera. La plaga de langostas había devorado sus plantas. Tres pétalos de una rosa roída se agitaban blancos en una inútil despedida.

martes, 6 de enero de 2009

Qué negra ni (Myriam Toker)

Qué negra ni bemba, yo no soy negra como dicen, y no me llames negra. En la isla andaba yo en mis plantas, ve tú anda,  mira las huellas y dime, culo chato, de qué color son.

Tizne tengo, sí, como todos los que tienen alma. Los que no entintan van en mil patas y viven bajo las piedras, o es que están muertos. Mira lo que digo, es que tengo a los muertos bailoteando alrededor desde que pisé esta tierra. Ay, madre, qué zumba con aquél niño muerto. No era mucho después de yo haber venido, no tanto, no, si los zapatos me achucaban los pies todavía, que encontraron al babito ido, en mi trabajo.

Ido, me escuchas, como los viejos, o los tiroteros, con los ojitos que ya no veían y las puntas de los dedos moradas. Eso lo vi yo solamente aquí, porque en la isla, uá. En medio del supermercado,  la madre loca si te imaginas, y el niño que se le había escapado, ni cuatro años tenía, y allí estaba, tiradito ‘onde los frutos secos, porque sí, que ya estaba ido y si te cuento por qué, te vas tú. Mira bien, en medio de la gente y de la comida, así no más muertito. Ay, sí que en la isla no se te va un babito así, madre. Sólo que te lo tiroteen los de la coca, que ya se encargará de ellos el Maldito que los cría. O que se te vaya con la fiebre, que el sanitario cuando tiene para gasolina, si tiene, se le ocurre pasar para las lluvias, pero a la seca, con el mosquito, que es cuando tiene que pasar, ni asoma. Si lo has visto dime, que yo tampoco. A la seca, te dejan en la tierra caliente a que te frías. Así sí, claro, cómo vas a lucharle a la Mala. Viene con los dedos flacos y elige cuanto babito quiere, y qué,  si queda con hambre se lleva a un viejo seco de calor. Pero en mi trabajo, ah, bueno, ya te lo ves. Que si hay frío afuera, le dan aire caliente adentro, que si calienta afuera, enfrían adentro. Y comida, escucha, más que en la selva y que en toda la isla. Vete, junta todas las gallinas y los chivos, trae la fruta del monte, y no es más que un montoncito al lado de lo que hay en mi trabajo. Si quieres leche, estira el brazo. Lo estiras otra vez, y carne, maíz y vino. De todo hay en mi trabajo, no lo voy a saber yo, que palo y trapo todo el día. Y no es un mercado, es un padre mercado. Aquí sí que no hay ni seca ni hambre, y dicen que hay guerra; no conocen la isla. ¿Cómo se les va a ir un babito? Atragantao con una avellana, ni de hambre ni de bala. Que te coma el diablo, un accidente, ya ves, aquí, atrangatao con una avellana.

Vamos, dime de dónde eres. Que yo sé. ¿Ves estas uñas mías como vaina larga? Mira, se me arruga el dedo y se pone negro al juntito de la uña. A ver tus uñas. Dime de dónde eres y yo te digo yo lo mío, vamos. ¡Ah! Lo sabía. Bueno, que sí, que yo soy negra. Pero me da el santo y los siete que me digan negra aquí. Que para ellos es como sin nombre y sin madre y sin muerto que le acompañe. Yo que los tengo a todos enterrados en la isla, negros y contentos debajo de la selva. Tú también habrás notado que chicos tienen los dientes aquí, y eso que eso, que tienen para comer, y tanto que lo meten en latas. ¡Latas de leche, escucha! Que metan en la lata la chiva con el cuerno, eso falta. Por eso que te piden papeles, de hartos que están de cosas y de gente. Ya no saben quién es quien. Aquí puse el pie con los zapatos nuevos y ¡choss! ya me habían agarrado en una foto. Y me dijeron “negra”, qué negra ni bemba. Ya sé yo a quién le dicen negra éstos, que a mí ya era que me envainaron hace tiempo, me encharutaron y me fumaron. ¡Humo!

Te dije culo chato, pero no te quería daño a ti. Tú me dijiste negra y tan sonando. Estamos par, el hacha al tronco, y al fuego juntos, ¿ahá?

Pero que me digan negra estos pescados fríos. Mira no más el dueño del mercado, el hermano del ministro, qué talante, diz que tiene como cinco mercados, y viene de compras como cualquier doña. A qué te crees,  en la isla no tendremos zapatos, pero los ricos no se bajan del blindado, vamos, si no sabemos ni quiénes son, menos verlos de compras, trala y lala con los empleados. ¡Pero ni el jefe de la coca se abaja tanto los calzones! Y este loco, aquí,  se pasea entre los chorizos y los fideos. Cómo que no me crees, si lo veo yo en mi trabajo, tieso como caña pelada, un calaverón sin tripa con el abrigo que le cuelga, y  te digo qué, que no tiene labios. Ni arriba ni abajo, y los dientes así chiquitos, de mamón. Sé por qué te lo digo. Que sí que lo conocí, al que le volaron la boda los terroristas y que salió en los diarios. Aquí tienen tiroteros, ya ves, y peor: tienen tirabombas. Y ¿te sabes quién fue? La misma novia. Há. Tanta ley, tanta policía, tanto buscar papeles y sellarte hasta las ganas, va y se les casa un ricachón con una tirabomba. Agárrate más fuerte, porque se la encontró acá, en su propio mercado, sí que sí, hermanito, si la chivita era una de las cajeras. ¿Que si la conocí? Hasta las tripas. Claro, la que salió en los diarios. ¿Y a esa cabra  loca no la dicen negra? Ah, no. Que tenía papeles ella y su madre y su abuela. Qué la van a decir, pero ahí tienes, se calzó con fuego la barriga y a volar, madre. Perdón, negra sin uñas gato sin cola, se me van las manos cuando hablo. ¿Te hice mal? Pero las uñas no me las quito, no, que ya me tuve que enrapar las trenzas. Me vieras en la isla, ah no, no era esta pelona que friega y calla. Te gusta reír, pero claro, a mí también, si el chivo al campo. Me tengo que reír. Si supieras las caras de vela que se ven ahora en mi trabajo, el buche se te achica: por los aires como cinco de nosotros el día de la bomba. De la boda. Ella, la cajera, toda de blanco, el caña del dueño más envarado todavía que ya es decir, y como iba el hermano ministro, la tele y los helicópteros y los soldados hasta que ¡chóss! quién se esperaba que la chiva se arrellena de bomba y se mata y lo mejor del cuento, siéntate, que el patrón salió vivo. Viudo la víspera, cómo te ríes así, no te rías, que me muero de risa. Y el patrón sigue viniendo por sus cosas, su manteca, su arrocito, su leche. Pero el que le lleva el carro, el encargado del mercado, ese matón, Dios sabe que no soy mala mula, ése por suerte sí que voló.

Cuando era solterito me lo topé yo al flaco del patrón que se quedó viudo sin casarse. Ya te lo imaginas, chá chá, viudo sin casarse, y de una tirabomba. La vieras. Bonita la chiva, de ojito carbón, cinturita y zapatito de taco. Pollerita, las piernas blancas como pollo hervido, y mucho rojo en la boca, que ya te dije, aquí no tienen labios. Parecía mansita y ternera, ni tarde ni temprano siempre en lo suyo de cajera, quién iba a decir con esa voz de soplar caramelo. Es que con fotografía y todo, aquí no se sabe quién es quien.  En la isla es fácil. Si ves a uno de verde con metralleta, chaqueta pintada de hojas como selva, si lo ves y tiene anteojo negro, si lo ves la mota corta al ras y se te viene de frente,  anda como te den los pies porque te agarra, y el tiro va más rápido que el hombre. Verde de frente será lo último que veas, y adiós. A rezar a tus santos. Pero aquí, qué. Ahí la tenías tan bonita, el culito de tambor para aquí y para allá y sin metralla, y no le va mejor mico que arruinarse la propia boda. Quién la entiende, se la pasaba por la calle los domingos dale que busca al que andaba sin trabajo. Y no me viene y me dice que vamos, que te animas, que te consigo el permiso, que en mi trabajo te toman, que Dios es grande. Pero para qué hacía todo eso, y mira que cuando encuentra marido se va y se mata. No me lo entiendo yo. Racatá con los derechos y con la lucha, estudiadita ella, meneadita, vete a saber. Pero que fuerte que hay que ser en esta vida.

A mí me dijo Carolero cuando me iba: «Tú sí que fumas duro, Caridad, mira que te casaras con uno ahí, y te volvieras a la isla rica y picante, sancochada de moneda para darle a Carolero. Tú sí que fumas duro, te va a ir bien». Así que me imaginé que me bajaba del avión y me topaba un hombre. Si Carolero mismo lo dijo. Dejé al Regalado y me vine. Dame cigarro. ¿Fueguito hay? Regalado no es nadie, el negro que me tomaba el aguardiente y me fumaba los cigarros. Bueno, y que me lo topaba y me casaba, con cura y cruz. Me llevaba a una calle como éstas, sin ni una víbora y toda empedrada, y me decía «Caridad, ésta es tu casa», y ahí nomás venía toda la policía y me regalaba unos papeles que decían que yo en realidad era de aquí. Y me llamaba señora de esto, o señora de aquello. Tenía un babito blanco y uno negro, uno blanco y uno negro, y volvía a la isla y me hacían una fiesta y el Regalado lloraba. Por eso, cuando andaba de aquí para allá limpiando, en el trabajo, y me llaman para la sección de los aceites y salgo a todo dale, guantes, gorra y balde, y con el carro le doy al caña de azúcar del patrón, pum, ahí me acuerdo del Carolero. Y el patrón se pone que tú tú, que chá chá, y se me tira encima el corpulón del encargado, lame culos, que le llevaba el carro de la compra. «Que el señor esto, que el señor  aquello, que pone más cuidado» me decía el corpulón del encargado y me hablaba con la voz de los tiroteros, empujón y todo. Limpiar el aceite te lleva el lomo, te lo digo, pero toparte con un hombre aunque sea caña de azúcar, ah. Ahí me puse yo, sin el aire y sin la madre, a pensar que me metían en el avión de vuelta a la isla por llevarme con el carro al dueño del mercado que se podía casar conmigo y darme seis bembitos, cuando lo veo que se toca el costillar y ahí sí  que se me vino el verde de frente. Me matan, me matan y yo que recién tengo el permiso de trabajo, pensaba, qué voy a decir yo, si para pedir perdón hay que arrugar la boca y cantar cucucucú, si yo no sé qué lo qué hablan. Pero el patrón le dice al tirotero que no, que me deje. En un cascás fue como ver al Regalado: el hombre es todo almíbar, que cómo se llama, que de dónde viene, que cómo la trata el país. Así me hablaba, y yo le entendía todo. Y te enteras que me da un beso, sí; coronada me creía, y se me va el Rey con la cajera ojo betún. ¿Le iba yo a armar un batuque? “Mira, Dios es grande, te agradezco el trabajo, pero el hombre es mío”. Que no, vaya el caña con moño y todo.

Pero qué te digo, que aquella le llevó el alma. El día del casamiento nos pusieron a todos nosotros un uniforme que decía bien grande “Supermercados La Victoria” porque iba la televisión, y yo con los guantes verdes. No te dejes engañar Caridad, me digo yo ahí, que se casa con ella pero te dio un beso a ti. Cuando la isla se seca, la tierra no está tan caliente como esos labios blancos que tenía, que no pareciera. Era como mi sueño, el cura y la iglesia, el novio y hasta el encargado cara de tirotero que parecía bueno, aunque a ése lo llamó el Maldito ese día. Pero no hay con qué, se vino todo rojo y ruido, y al altar y al cura y a la comparsa te los veías tirados por acá y por allá. 

Ella le llevó el alma. Si ahora me pasa por el costado así de cerca y es como que yo era un árbol. La corona, de zapato. Igual, es un flaco que parece de papel, de hoja seca, muñecón de carnaval, caretón, bicholuz, me va a importar, pescado crudo, pasa chupada, qué sabe Carolero. Que me iba a casar con el primero que me topo. Te imaginas, casada con el patrón. Como si me gustara.  Esta negra. Qué. 

viernes, 12 de diciembre de 2008

Padecimientos indescriptibles (Eduardo Jauralde)

Desde el aeropuerto, donde trabaja, Teresa vuelve a casa en metro. Ella prepara bandejitas de comida para los vuelos de largo recorrido. Trabajo minucioso, pero monótono, cansado. Si supiera el destino de las bandejitas... ¿Quién se comerá esta ración de ensaladilla rusa?, ¿para quién serán estas hojitas de lechuga?, se pregunta a veces. ¿Y si este vaso de plástico aterrizara en Lima o en Trujillo? La nostalgia se ha transformado en una compañera inseparable, compasiva. Al principio, la molestaba, quería separarse de ella, ser fuerte. Ahora no imagina su vida sin ese poso agridulce en el fondo de su corazón.

Durante el trayecto se adormece. Es como si viajara dentro de una burbuja impermeable, hecha de sueño, de fatiga, de dolor; insensible a todo lo que la rodea. Atenta sólo a la tensión en los músculos del cuello; a las filas de hormigas que trepan por sus piernas hasta más arriba de las rodillas hinchadas; a la nausea en la boca del estómago. El tren corre, las estaciones pasan, las luces se encienden y se apagan, los muñequitos suben y bajan, entran y salen, pero, en el fondo, nada se mueve, todo permanece igual: Teresa sabe que mañana ella volverá a estar derrumbada en este mismo asiento, viajará por estos mismos túneles. Se mira en la ventanilla, ve su perfil de ceniza flotando en la oscuridad, detrás del cristal. Mueve los labios:

¿Cuándo te jodiste, Teresita?

 

La habitación del piso compartido tiene una ventana que da a la calle: penumbra de día, parpadeo de luces amarillas durante las noches. Al entrar, Teresa agarra una botella de plástico que la espera en el suelo de baldosas, a la cabecera de la cama sin cabezal. El agua, caliente, perdió el sabor a cloro. Cuando termina de beber, se queda mirando la persiana atrancada a medio camino, que ni sube ni baja. Se saca las zapatillas deportivas, voltea la cabeza cuando le sube hasta la nariz el hedor de los pies encerrados desde por la mañana. Se tumba en la cama, un brazo por debajo de la almohada, el otro cruzado sobre la cara. Se mece, vuela, dormita en una espiral de palabras, de frases inacabadas, de pensamientos confusos: jirones que se desprenden de la nebulosa de su cerebro... me moriré en Madrid con aguacero, compatriota, con aguacero, pero antes hay que cumplimentar el impreso con mayúsculas de imprenta, de profesión maestra sin porvenir experta en bandejitas de comida aérea, hay golpes en la vida, intoxicados los pasajeros del vuelo sin retorno con destino a Lima, te jodieron Teresita, se atrancó la ventana, se atrancó el retrete, tirar de la cadena y vaciar la cisterna de los sueños... 

Vuelve en sí cuando oye el ruido de la puerta al abrirse o al cerrarse, no sabe. Su hermana Paola está parada en medio de la habitación con su chompa encarnada y sus pantalones vaqueros bien repletos de carne joven. Siente envidia al verla. Paola se acerca, se sienta a los pies de la cama y abre la mochila que ha dejado a sus pies.

─He traído pizzas y unos fantas. Las pizzas son del trabajo.

Teresa se sienta. Coge una lata y la abre. La sostiene con las dos manos entre las rodillas, como si quisiera calentarla.

─Soñé con mami ─Paola la escucha medio distraída, jugueteando con el móvil─. Soñé que se moría, le fallaba el corazón.

Paola guarda el móvil. Pellizca un trozo de pizza, habla con la boca llena.

─¿La llamaste hoy?

Teresa niega con un gesto. Se lleva la lata a los labios, bebe un trago.

─Lo que tenemos que hacer es que no se entere ─Paola mira a su hermana─ si se entera sí que se va a morir.

─Han pasado ya más de un mes ¿tú crees que no se ha enterado ya?

Paola echa un brazo sobre los hombros de su hermana y la atrae hacia sí. Le besa el pelo con sus labios grasientos de pizza, pero no le importa: Teresa tiene igualmente el pelo casposo, grasiento. Nunca fue linda, pero se cuida poco desde lo de su primo.

Sucedió durante la fiestecita del día ventiocho de julio, compatriotas, pisco y fervor patrio; música y bailes y barullo por toda la casa; Teresa se metió a su cuarto porque le estaba doliendo mucho la cabeza, esas fiestas acababan por cansarla, le parecían absurdas y deprimentes. Quiso dormir, pero sólo consiguió hundirse en un duermevela poblado de ruidos que retumbaban, la sobresaltaban. Pasada la medianoche vio entrar a su primo que era o decía que era su novio. Ella nunca había pensado que se casaría con él: bajito, nervudo, hablador, pendenciero y vanidoso. Verdad que las ayudaba con la camioneta de reparto cuando necesitaban transportar algún mueble, de vez en cuando convidaba a un refresco, un heladito. Se acercó a la cama y enseguida se sacó la polla, chúpamela, ordenó. Teresita apenas salida del sueño oyó la voz pastosa, miró los ojos ahogados por el alcohol, vio, a unos centímetros de su boca, el sexo repugnante; la paralizó el terror. Negó, sin poder hablar, temblando. Su negativa le enfureció ¡puta de mierda, carajo!

Teresita agradece la caricia de su hermana pequeña, se acurruca aún más contra ella:

─Me violó por delante y por detrás ─murmura en un susurro inaudible.

Paola se queda estupefacta, siente el temblor del cuerpo de su hermana bajo su abrazo.

─Tu siempre me dijiste que te había forzado a tener relaciones, pero eso... ¡que cabrón! Ahora pienso que no teníamos que haber retirado la denuncia. ¿A quién le tuvimos miedo? No podían hacernos nada peor.

─Acá no, pero allá. Ya lo hablamos. De repente se enojan con mami, le exigen que devuelva el préstamo... ─se separa de su hermana, deja la lata en el suelo, se incorpora y se queda parada al pie de la cama─ voy al baño ¿no tienes nada que lea?

Paola se inclina sobre la bolsa:

─Traje un diario viejo. Saca un artículo de Vargas Llosa, de tu admirado Mario ─sonríe recalcando la admiración.

Teresa recoge el periódico que le tiende su hermana y sale de la habitación. El baño está en un recodo del pasillo. Nada más cerrar la puerta siente la arcada. Le da tiempo apenas para voltearse y levantar la tapa del inodoro. Vomita como si le arrancaran las tripas. Cuando termina, se limpia la boca con papel higiénico. Luego, empapada de sudor, se sienta y despliega el periódico.

El artículo se titula “Operación jaque”. Habla de la liberación de Ingrid Betancourt. No entiende bien los vituperios de su compatriota, parece enojado con el mundo entero. Pero le gusta que compadezca a esa pobre mujer, que ensalce a quienes la sacaron del infierno. ¿La violarían también sus secuestradores? Mario habla de indescriptibles padecimientos. ¿Qué encerrará esa expresión? ¿Algo peor que el buitre que se come sus entrañas? Por televisión lucía radiante, no se le notaban nada las torturas ni los padecimientos indescriptibles. Ella sí que podría describir los suyos, la tortura que es su vida, pero ¿quién la escucharía?

Antes de salir, quiere lavarse la manos, enjugarse la boca. Alguien ha olvidado el tapón y en el lavabo a medio llenar queda un agua sucia en la que flotan dos o tres cabellos de mujer, largos. Una cucaracha chica ha caído allí también y pelea por salir. Teresa se queda observándola: cuando consigue despegarse del líquido asqueroso, trepa trabajosamente por la superficie blanca y lisa. Seguramente ignora el camino que le queda por recorrer. Al llegar a la mitad del trayecto, resbala de golpe y vuelve a caer. Permanece un instante inmóvil y enseguida sus patitas se ponen en movimiento buscando la pared de loza lisa por la que ha de trepar. 

lunes, 8 de diciembre de 2008

Luces de vidrio (Javier Luque)

Tercer premio del "II Premio Lorca de relato breve - Hegoak"

Giovanni se queda en silencio, con la mirada atrapada en la espalda desnuda de Jacobo… (enlaza al relato pinchando aquí y luego, si quieres, puedes regresar y dejar tu comentario)

martes, 23 de septiembre de 2008

Cinismo, presente (Myriam Toker)

(Las letras mayúsculas que siguen a los puntos dan respuesta a una de las incógnitas que plantea el relato. Las palabras ‘entrecomilladas’ fueron impuestas por los compañeros del taller literario 27etras. La utilización es talento de la autora).

Se nos apareció la primer semana de clases en el tercer año del Liceo de Señoritas “Fray Mamerto Esquiú”, soy su maestra de música señorita Pontorno me llamo, y en el aula se ‘descorchó’ la risa caníbal por un año entero.

Enclenque muñeca de cuerda, ‘bizqueó’ ‘soliviantada’ por el ‘arpegio’ de groserías derramado en sus oídos como bienvenida. Astillas viejas en los ojos rotos, tartajeó detrás de las gafas oscuras un intento o un ruego de orden. Tal vez era una mártir. O era tonta y perpleja.

Dueñas de unas pupilas nuevas y rabiosas, ‘leznas’ extasiadas en su cuero de vieja inerme, la hicimos exquisita víctima propiciatoria y le agujereamos lo poco que le quedaba de digno. Obligada a volver a la arena semana tras semana, anticipaba sin suerte con un tanteo de las manos trémulas el perverso juego de obstáculos que le imponíamos. Preparábamos el aula como un ‘tanatorio’ moral: su escritorio fuera de lugar, el camino de libros dejados a su paso, un precipicio de cosas acechando su espacio mal adivinado, teatro invertido de Pulgarcito.

Obituario o registro de reas, según fuera el docente verdugo o víctima, el listado le era inútil; se le acercaba como quien besara una lápida, detectándolo primero con las manos. Rezaría por el milagro de que un ‘rotulador’ de Braille le develara el relieve de nuestros nombres. Luego balbuceaba, adivinado apenas y deformado entre los labios, algún apellido. Otras veces, a fuerza de intuirlo y de sospecharlo, acertaba y lo gritaba, gozosa, con el triunfal desparramo del disparo acuático de una ‘pistola’ de carnaval.

Su incipiente calva y las tinturas ‘decantadas’ en la cabellera rala se nos ofrecían desde aquella humillada posición de lectura del registro. Gatas aburridas y seguras de la presa, dilatábamos el ridículo sin dejarle saber nuestros verdaderos apellidos. Abolidas las diferencias, por miedo o por sabiduría nos calificaba a todas con un democrático nueve, excepto a las pocas que, como a mí, nos agradeciera con un diez el gesto de habernos diferenciado con un apellido real, de ser algo reconocible y humano en medio de la masa de mortificación en la que se transformaba el curso apenas ella descerrajaba su «Guan bía alubnas» para dar por comenzado el festival del atropello.

Tal vez nos quisiera, a pesar de nuestro canibalismo, y entonces fuera cierto que besaba nuestros nombres en el registro. O acaso fuera demasiado piadosa como para reaccionar con otra cosa que con amabilidad al invariable «soy puta» escrito con tiza a la espalda de su blusón de ‘franela’ oscura.

Si la orgía a su costa se disfrutaba a pleno, a pleno se silenciaba durante el resto de la mañana, como un mal sueño que señoritas de quince años del liceo no nos permitiéramos haber tenido.

Que el recuerdo de la señorita Pontorno me persiga y me dé pena y vergüenza es una confesión que me perdonarán. Un aula, dos pizarrones verdes, ventanales interminables, pisos de granito salpimentado, son recuerdo que a menudo puebla mis pesadillas. El escritorio de madera oscura al frente, las alumnas sentadas de dos en dos, los mapas en las paredes, las buzos de gimnasia colgando en la pared del fondo, el olor pubescente, el remolino de polleras durante el recreo, todo me acecha.

Vuelve como visión o memoria, y no entiendo cómo el mismo ámbito respetable, suspendido en la luz de la mañana, cómo el sol curvando el aula hasta el mediodía, agitado sin tregua por el polvo de tiza, cómo Sarmiento satisfecho de nuestra civilización de vincha y medias tres cuartos, digno y ominoso para la posteridad como nosotras mismas bajo la lechosa paz de su mirada, cómo los guardapolvos blancos y la escuadra de madera, cada cosa y todo podía violentarse, alienarse hasta no dejar traza de reconocimiento.

Incordio que germinó a contramano en una escuela ganada a la barbarie con ahínco de prócer, una escuela impoluta, correctamente intervenida contra el terrorismo, de cuyas paredes un portero penitente limpiaba todo rastro de mención barbárica, de lucha a muerte en grafitis, Rucci traidor, TripleA sos Lopez Rega, EVITA Volveré y seré y el cepillo devorando los millones con adorable diente de alambre, devolviendo toda la limpia nada que en la noche se revestiría de todo tremendo.

Ni esta prolijidad diariamente ganada a la muerte nos impedía afilar nuestros dientes de jabalí, posesas, sin saber por qué, cómo.

Ilusa o desesperada, la señorita Pontorno nos contó un día que se había lesionado el cerebro en un accidente de auto. Entonces todo fue peor, y los detalles nos hicieron impunes en la certeza, la libertad de una confirmación: la señorita Pontorno sólo veía sombras.

Reunidas en silencio monstruoso por única vez en el año, la vimos sacarse las gafas e iniciar la gimnasia ocular que le era imprescindible para enfocar un objeto. Obturando con una mano el pájaro caído que ya no le oficiaba para ver, esperó a que su único ojo vivo se desperezara en la comba ocular con timidez, mientras ella ayudaba a los curvos intentos orientando la cabeza a un lado y a otro. Navegando en perfecto equilibrio, el ojo bueno reconoció algo. Dichosa por la hazaña, señalando sonriente, dijo en su lengua propia que González era González. El tiempo que le llevó la maniobra fue infinito. La réplica del curso, inmediata. En el mismo momento de reconocer su ternura, le clavamos el ‘tenedor’ de la risotada.

Sin saber de nuestro lobo, jugábamos en el bosque.

Pero yo pregunté, como si supiera que la culpa me perseguiría, como si quisiera saber a quién estábamos matando. A veces las presas responden preguntas. Como era de esperar, la señorita Pontorno también respondió. Ilusa o desesperada, contestó. Otra vez el juego. A salvarse el que pudiera.

Si desandar el tiempo estuviera en mis manos para evitar una de las dos atrocidades, hubiera evitado la de preguntarle. Ahora es tarde, llevo las dos incrustadas y me producen asociaciones antojadizas.

Le pregunté por qué venía a trabajar, y no era inocente, yo no era inocente. Violaba la tregua del diez con mi voz de niña de seda, mis modales impecables implacables. Al antojo de la pregunta hubiera correspondido un bofetón, un reglazo, una amonestación o un rayo que me enseñara a callar a tiempo. Respondió aquélla frase tan extraña. No puedo repetirla, es mi clave escondida. Oscurecida por la cercanía de la muerte, la frase no tomó ningún otro sentido que el de la locura. Si me hubiera dicho «vengo a trabajar porque amo a los jóvenes», «vengo a trabajar porque necesito el dinero», «vengo a trabajar porque amo a la música», «tengo cinco hijos y no puedo darme el lujo de saber qué es la palabra orgullo», no me hubiera rondado como me ronda hasta ahora, con este dolor que puede pesarse, aquél mismo dolor.

Ahora no tiene sentido ni la frase ni mi historia, ahora no nos salva ni el delirio, y nos va quedando poco aire. Tampoco esperamos que vuelva Perón. O que Evita se haga millones. De ninguna manera esperamos un ‘recambio’, ni nada. O eso creo.

Sí, volvimos a reírnos de su contestación porque entonces creíamos que estábamos llenas de aire para siempre, para reír otra vez sin puntos ni aparte, derechito sin respirar hacia el futuro en el que me asaltan palabras e imágenes incongruentes, como cadáveres tirados al río desde un ‘catamarán’.

jueves, 10 de julio de 2008

Hilda y Manolo (Pilar Dublé Lain)

El murmullo de los durmientes hace cabecear a Hilda, hasta que finalmente se recuesta sobre el hombro laxo de su esposo. Minutos más tarde, despierta de sopetón, gritando.

—¡Manolo! —sacude al esposo por los hombros—. ¡Manolo!

El marido abre los ojos, la mira legañoso y se limpia con el pulgar la baba que le escurre por una comisura.

—Hilda, ¿pero qué…?

—¿Te acuerdas de los dos turcos que nos miraban en la estación? ¡Sé que subieron al tren!

—Mi amor… no seas tonta —mira por la ventana, fingiendo preocupación. Suponiendo que sea cierto, que no lo es y lo sabes porque los vimos quedarse en el andén cuando partimos, ¿qué podrían hacernos aquí? Además, pero… ¡qué va! Eso es en Estados Unidos: allí sí, los árabes son de Al Qaeda. Nuestros turcos son laboriosos, simpáticos, tienen tiendas de muebles y electrodomésticos, o zapaterías.

—¿Y por qué nos miraban tanto?

—Te miraban, Hilda. A ti. ¡Porque eres muy linda!

—Bueno —sonríe—, está bien.

—Anda, duerme que nos faltan dos horas de viaje.

Hilda vuelve a recostarse en el hombro de Manolo, pero sus ojos no se cierran de nuevo. Van a El Tocuyo, a ver una hacienda con ánimo de comprarla.

El tren finalmente se detiene, tras deslizarse lento en los últimos metros de riel. Vicente Corao, el dueño de la propiedad, los espera en la estación; agita la mano en un saludo ciego hacia las ventanillas opacas de polvo. Con la tez curtida y un blanco bigote que sonríe bajo el sombrero pelo´eguama, el hombrón es un espectáculo. Nada de apretones de mano: un par de abrazos y un vehículo rústico enorme y amarillo reciben a Hilda y a Manolo.

El viaje es corto y al rato ya están en los terrenos del ganadero. Diez mil millones pide por la hacienda, y está barata: potreros, campos de sorgo, vías de penetración, un estero monumental lleno de garzas y ribeteado de chigüires… un emporio. Los dos hombres conversan acerca de la posible venta, mientras Hilda guarda silencio y sonríe a ratos.

Llegan a la casa grande y Vicente ofrece a Hilda la oportunidad de refrescarse en el dormitorio destinado a la pareja. Los hombres se sientan en dos butacas mientras la mujer, precedida por una criada, penetra en la umbrosa y fresca casona. Un peón las sigue con las maletas color rojo vino.

La habitación tiene una enorme cama con un cobertor a cuadros. Las cortinas están cerradas, hay oscuridad y un runrún de aire acondicionado. Cuando los empleados la dejan sola se recuesta por un momento, para despertar sobresaltada de nuevo, después de un rato largo y sin saber bien dónde se encuentra. En la mesa de noche alguien muy silencioso ha puesto un vaso de jugo de guayaba con hielo. Ávida, se lo bebe hasta el fondo, y toma luego una ducha. Se pone unos jeans y camisa blanca.

Al abrir la puerta de la habitación escucha pasos que se alejan rápidamente, pero cuando sale al pasillo lo ve vacío. El ruido la orienta hacia el otro lado, donde los hombres ríen en la sala, achispados por el whisky.

—Hilda, llegaste a tiempo. ¿Quieres un whiskicito? Anda, tómate uno y nos acompañas luego a recorrer la hacienda.

La mujer asiente. Toma dos sorbos apenas de su vaso, pues está levemente mareada desde que empezó a vestirse. Mientras bebe, nota varias miradas indiscretas de Vicente, que le recorren el cuerpo mientras Manolo recarga su propio vaso.

Manolo se sienta y la charla sobre fertilizantes y tractores se reanuda, hasta que Vicente mira el reloj y después se golpea las rodillas y se pone de pie con brío.

—Bueno, queridos, vengan conmigo que les voy a presentar a Lucy.

Lejos de lo que pensaron, Lucy no es la esposa de Vicente, sino una estupenda yegua castaña que traen unos muchachos hasta la puerta de la casona. Precede a dos caballos más claros. En sendas monturas se adentran por uno de los caminos que parten de la casa; los hombres siguen conversando cuando, de golpe, alguien que parece ser un peón cruza a toda velocidad frente a la montura de Manolo, quien casi cae del caballo. Desaparece por el otro lado del camino, y una mirada hostil envuelve a Hilda desde los matorrales. Vicente gruñe una maldición y algo más que ella no comprende, pues desde hace rato siente un zumbido en los oídos. Manolo pregunta, y recibe respuesta de Vicente, entre carcajeos que parecen forzados.

El camino deja atrás la capa de asfalto y asciende, mientras los enormes samanes y apamates ralean y son sustituidos poco a poco por abrojos. Media hora más tarde los tres jinetes coronan una loma pelada, y el sol ya les pica en la espalda. Vicente reta a Manolo a una carrera, y los dos hombres salen raudos hacia una casita lejana. Hilda se queda atrás, muy atrás y cada vez más mareada.

Manolo llega primero a la casa. O más bien llega solo: Vicente no viene detrás de él. Sudoroso y jadeante, hace girar al caballo en círculos. Se pone la mano como visera: el camino está vacío, salvo por un tenue halo de polvo.

Se escuchan las voces del crepúsculo. Las garzas cruzan frente a él hacia el estero. En el centro del cielo chilla un gavilán.

Hilda grita.