viernes, 27 de junio de 2008

El ahogado del Sena (Eduardo Jauralde)

Primer accésit en el XI Certamen Literario "Cafe Compás de Valladolid - Memorial Rafael Martínez Sagarra"

Al principio no sentí miedo, sólo frío… (enlaza al relato pinchando aquí y luego, si quieres, puedes regresar y dejar tu comentario)

jueves, 3 de abril de 2008

No busques y encontrarás (José R. Mejuto)

(Las letras mayúsculas que siguen a los puntos componen un divertido juego con el título del relato. Las palabras entrecomilladas fueron impuestas al autor por sus compañeros del taller literario 27etras. La utilización es talento del autor).

Nieva. Oscar se abrazaba a sí mismo para soportar el frío pero se da un calor insuficiente, no lo soporta y «bizquear»; se siente ridículo. Baja la cabeza y la introduce entre el cuello del abrigo de «franela» como una tortuga asustadiza. Une y aprieta con fuerza los dedos de sus manos dando la sensación de que los quiere «descorchar». Sabe que sería absurdo luchar. ¿Qué podría hacer? Un día de helada, un mal día, no elegí bien, piensa. Enciende con dificultad un cigarrillo. Succiona con fuerza y consigue que el brillo rojo adquiera un tono mayor, más vivo. ¿Y ahora? Espera. No puede hacer otra cosa. Cuenta los minutos y fuma. Oscurece. No vale con que la nieve inunde todo y haga un frío horrible, tiene que hacerse de noche. Tentado de irse, se «decanta» por aguantar y comienza a mover las piernas como en un baile lento y saltarín. Rara vez se ha visto en tal situación. Antes de decidirse, de tomar el camino que lo ha llevado hasta donde ahora está, lo pensó con calma. Rara que es la vida. Absurda, más bien. Sigue dándole vueltas en la cabeza como una batidora llena de ideas irracionales. Nadie espera su reacción. Oscurece, el cielo cambia de tono como si lo pintaran con «rotulador». Busca en el bolsillo y aprieta con fuerza la «lezna». Una primera opción le hizo pensar en la «pistola» pero le pareció demasiado fácil. «Soliviantar» a Leo no lo llevaría a nada. Quiere dar por finalizada la discusión comenzada hace unos días en el «catamarán». Un sencillo propósito. En realidad no sabe cómo reaccionará. Sólo una vez se han enfrentado con dureza. Y ya quedó palpable su «cinismo» y quién era el «tenedor» de una falsa moral. En está ocasión pondrá él el punto y final. No le dará opción a réplica. Camina, se mueve, da pequeños pasos para hacer la espera y el frío más soportables. Oye algo, un «arpegio» de sonidos metálicos le llega difuminado. Nota los golpes del corazón por primera vez en la noche. Tiene que ir a su encuentro, a por él. Recapacitar ahora sería absurdo. Anda, se acerca al coche que maniobra para aparcar. Reza mentalmente mientras camina. Avanza hacia el vehículo con lentitud, alarga el momento, el adiós. Sabe que le costará encontrar «recambio» a la amistad de Leo. No duda o por lo menos eso quiere pensar. Observa el coche, ya con el motor apagado, en la puerta del «tanatorio» donde Leo va a visitar a su padre. Busca en el bolsillo el arma improvisada cuando está a escasos centímetros. Urge rapidez, alargarlo sería un error. Siente la extrañeza de Leo cuando lo reconoce y baja la ventanilla del vehículo.

—¿Qué quieres? —pregunta con desgana desde el interior.

—Una cosa muy simple —contesta—. Esto es para ti, nuestra amistad se acabó.

Sonríe mientras alarga la mano y entrega la lezna que le había prestado.

miércoles, 20 de febrero de 2008

El sueño (Pilar Espinosa)

[1]

El sueño se había diluido con las primeras luces de la mañana, pero la sensación de ingravidez y ligereza continuó a lo largo de sus últimos días. No podría compartirlo con nadie, aunque eso poco la alteraba; la calma que le producía el haber rozado la libertad era más valiosa que cualquier deseo de confidencia.

[2]

Teresa no esperó a que sonara el despertador, miró de reojo a su marido, que dormía con las mandíbulas apretadas, y se levantó para disfrutar sin culpa de la soledad y del silencio. En la mesa de la cocina, con el aroma de café serenando el ambiente, volvió a las imágenes del sueño, mientras sentía un suave hormigueo en el estómago. Recordaba haber escuchado a otras mujeres, en conversaciones al azar, hablar de esa habilidad onírica, pero hasta la noche anterior ella jamás la había experimentado. Contuvo unos segundos el suspiro al tiempo que removía el azúcar, y, mientras echaba una mirada al orden, sintió un sobresalto al descubrir un vaso roto sobre el impoluto gres, se llevó las manos a la cara y tuvo que respirar hondo para que nada perturbara el rastro de paz que el sueño había dejado en su ánimo.

Sorbió el café con los ojos cerrados, pero ya no pudo impedir que la imagen del vaso interrumpiera su deseo de calma. Se levantó para eliminar el punto discordante que se había colado en la quietud de la mañana y caviló sobre las posibilidades del autor del episodio. Habría sido su hijo mayor, a quien escuchó volver a las tantas, como otras madrugadas, haciendo un ruido callado pero que a ella jamás se le escapaba. O su hijo pequeño, que se pasaba las noches colgado del ordenador. Tal vez su marido, siempre sediento y alterado.

Quiso retomar la sensación de ligereza, mas la realidad se impuso con la contundencia de un trueno y una nube oscura atravesó su frente. Sintió un cosquilleo húmedo en las manos y supo que estaba llorando. Ni hipo ni angustia, sólo desconsuelo y abatimiento.

Puso a buen recaudo las huellas del sueño y echó una mirada al reloj de pared. Comprobó que su tiempo de soledad estaba a punto de terminar; en unos minutos su marido se despertaría para volver a desaparecer, no sin antes exigir el café recién hecho o protestar porque la camisa azul no estaba colgada en la percha. Mientras se secaba los ojos con la punta de la bata le sobrevino la imagen de su madre lavando, planchando y almidonando los pañuelos blancos, con las iniciales bordadas en una esquina, que su padre tardaba dos segundos en volver a ensuciar con un ronquido brusco e imperioso. Y la tristeza, la tristeza cautiva de su madre la invadió con más violencia que si fuera propia.

Oyó el sonido de la ducha y corrió a preparar la segunda cafetera. A lo largo de la mañana, notó sorprendida, a pesar de la habitual agitación del mayor y del silencio acusador del pequeño, que ese día no era como los otros: el sueño, dedujo.

[3]

Cuando se quedó sola se afanó en las tareas cotidianas, como si le estuvieran midiendo el tiempo, y volvió a meterse en la cama, con ilusas pretensiones. Por su cabeza pasaron la compra, la plancha, los azulejos del baño. La tintorería. Recordó que debía ir a pagar una multa de tráfico del mayor y que el grifo del lavabo goteaba.

No le daría el tiempo para pintar la habitación del pequeño, llena de huellas de chinchetas y borrones de grafitis…

El pequeño: un extraño, asumió. Su embarazo ya fue un estorbo, una contrariedad, y para entonces a su marido le resultaba indiferente lo que sucediera. ¡Menos mal que no había sido una niña! –rectificó su deseo de hacía dieciséis años–. Pero este chico, que dormía con los ojos abiertos, que no quiso hablar hasta los cinco años y que siempre le echaba miradas redondas inundadas de reproche, la inquietaba: era capaz de atrapar con sus garras intangibles los sentimientos más lejanos, como si fueran roedores despavoridos, con la rapidez y el sigilo de las rapaces que llenaban las paredes de su cuarto.

Tampoco tendría tiempo de cambiar el colchón de la cama del mayor, advirtió Teresa mientras se subía el embozo hasta la frente.

Ni de creer, ni de anhelar; se dio la vuelta y se traspuso.

[4]

Franqueó los días siguientes con una calma nueva, lavando cortinas y congelando alimentos, y al quinto día volvió a soñar. Cuando todos se hubieron ido se duchó, se depiló piernas y axilas y se vistió para salir; pasó por el dormitorio de su hijo mayor, recompuso la colcha y se fue sin reparar en los detalles. Entró en la habitación de su hijo pequeño, se sentó en la cama y sostuvo la mirada fija de un autillo común. Sin intención y sin aliento escribió una nota para cada uno, que pegó en las puertas de sus cuartos:

Te disculpo

Te libero

y subió a la azotea a cumplir su sueño.